Ayer tarde acudí al Taller de Emprendimiento Social, Comunicación y Crowdfunding organizado por Málaga Innovación Social (@MLGSocial) y por la Asociación para la Dirección Responsable de las Organizaciones (ADRO) en el salón de actos del Área de Igualdad del Ayuntamiento de Málaga, situado en uno de los edificios del complejo que formaba la antigua Tabacalera. Cartel del Taller

Tal y como se puede leer en el programa, en primer lugar tomó la palabra Ana Gómez Narváez (@anagn) que desde su amplia experiencia nos explicó la figura del emprendedor social y sus características. Ilustrándonos con numerosos ejemplos que se han realizado tanto en España como en otros países, consiguió convencernos de que hay grandes posibilidades por descubrir y llevar a cabo, siempre que cumplamos determinadas premisas como aliarnos con la tecnología y conseguir cambiar los planteamientos económicos, ya que no sirven los de las empresas tradicionales.

Después tomó la palabra Vicente Moros, gerente de la Casa Ronald McDonald de Málaga, que nos habló no solamente de la hermosa tarea que realizan en esta casa, creada para alojar a niños que están recibiendo tratamientos oncológicos en el hospital cercano y a sus padres, sino también de sus experiencias anteriores en ONG como Médicos Sin Fronteras y de la oportunidad de lo que definió como ideas felices, como por ejemplo la campaña de Pastillas para el dolor ajeno, innovadoras y que mueven de verdad a la gente a ayudar.

El siguiente ponente fue Salvador Guerrero, gestor de Colbrain, que trabaja en una plataforma de financiación colectiva o crowdfunding para nuevos proyectos. Nos habló de la importancia no sólo de que un proyecto sea bueno sino de que además se sepa venderlo bien y de la seguridad que da la confianza que te demuestran las personas que aportan su dinero. Un discurso aclaratorio y enriquecedor sobre este sistema de financiación.

Tras estas tres provechosas charlas llegamos a la parte práctica de la tarde. Nos dividimos en grupos de cinco o seis personas para elegir tres ideas que pudieran ser proyectos de emprendimiento social.  Cada grupo tenía cinco minutos para decidirlas y apuntarlas en una hoja que sucesivamente iba pasando a los demás grupos que intentaban mejorarlas. Cuando terminamos y nos devolvieron nuestra hoja, cada grupo expuso la que le parecía mejor idea y las mejoras añadidas.

Foto de grupos

Como práctica me pareció fantástica. Que un grupo de personas sin conocernos previamente de nada fuéramos capaces entre todos de imaginar ideas realizables y finalmente presentar proyectos viables me pareció esperanzador: un chispa de optimismo que ahora más que nunca viene de maravilla.

Esperaré al siguiente desafío con mucho interés.