Esta mañana he estado escuchando un rato la radio mientras esperaba en un establecimiento. Los locutores sorteaban algo y, para que les dieran un número, los oyentes tenían que llamar y contar cuál había sido el regalo navideño que más les había gustado o impresionado en su vida, por la razón que fuera.

Uno de los relatos me impresionó: una chica con una voz muy joven contaba que su padre cada año le regalaba algún animal y que una vez fue una chivita, a la que pusieron encima de la mesa camilla del salón y los amigos/as y vecinos/as le tocaban las palmas y le hacían fiestas al animalito, bautizado previamente con el nombre de Margarita. Todos se rieron muchísimo. Con el tiempo la rumiante creció y como no cabía en casa (y además supongo que debía comerse las flores de los jarrones y los deberes de los niños), la tenían casi siempre en la terraza, desde donde debía llamar mucho la atención porque los coches le pitaban.

Chivita

Sal de allí Chivita (CC BY leoncillo sabino en Flick)

La concursante recordaba especialmente a la cabra, pero su papá le llevaba cada año un animal diferente, así que podemos imaginarnos cómo lo pasarían esas criaturas. Pero lo que más me hizo reflexionar es que a mi hermana la mayor y a mi también nos regalaron, en nuestro caso, una ovejita que se llamaba Lucerito (no quiero saber quién le puso el nombre pero lo más probable es que fuera yo) y a la que yo también recuerdo en la terraza, aunque creo que sólo fue porque salimos para hacernos fotos. Era completamente blanca con una cinta roja en el cuello (si, como el corderito del anuncio de suavizante) y balaba la pobre, seguramente buscando a su mamá.

Yo entonces era muy pequeña, no entendía que los animales del campo no lo pasan nada bien en la ciudad ni se llevan bien con las personitas que quieren acariciarlos y tratarlos como muñecos. Ahora sí lo sé, y por eso escribo esta entrada, pare recordarle a todos aquellos que la lean que los animales no son juguetes.

Precisamente en Navidades hay personas (demasiadas) que regalan mascotas a sus hijos con muy buenas intenciones, ya que son adorables, graciosas, encantadoras y muchas cosas más. El problema es que unos meses después -cuando crecen, se vuelven traviesas, ensucian y rompen cosas, requieren más atención, hay que educarlas y llevarlas al veterinario, sacarlas a pasear y a hacer sus necesidades- esas personas ya no las consideran tan adorables y, sin tener en cuenta que esos maravillosos seres dependen absolutamente de ellos, no tienen el más mínimo reparo en abandonarles en mitad del campo, en una carretera solitaria o incluso atados a un árbol lo más lejos posible de lo que era su hogar para que nunca puedan encontrar el camino de vuelta.

Ayer vi publicada en Facebook por un amigo mío la historia de una perrita que llevaba años esperando la vuelta de sus dueños cerca de la gasolinera de Las Pedrizas, en Málaga. Es impresionante la fidelidad de un animal que ha pasado ya varios inviernos con el frío de la sierra malagueña para volver al sitio donde la abandonaron. En ese mismo artículo, publicado por el diario Sur, se mencionan varias historias  de famosas fidelidades caninas a prueba de inclemencias meteorológicas.

Hoy he leído que la Sociedad Protectora de Málaga  ha conseguido (lo había intentado varias veces) tranquilizarla y llevarla a un refugio. Y espero que Desi encuentre allí todo el cariño y calor humanos que se merece.

Desi en la Protectora de Málaga

Desi (Foto: Protectora de Animales y Plantas de Málaga)

Aprovecho para alabar la tarea que día a día éstas asociaciones llevan a cabo, con muy pocos recursos económicos, unas instalaciones superpobladas y demasiados casos de crueldad humana que intentar solventar. Basta visitar su página de Facebook para ver a cuántos animalitos ayudan y cuántas injusticias se encuentran. Como otra muestra de lo que somos capaces de hacer los humanos y en ésta asociación intentan remediar, el caso de Toby, un perrito de 16 años que fue abandonado atado en la puerta del refugio porque su dueño murió y la familia no quiere hacerse cargo. Está sordo, cojo y casi ciego y no se adapta a la compañía de otros perros viejecillos.

Toby

El ancianito abandonado Toby (Foto: Protectora de Animales y Plantas de Málaga)

No consigo comprender que alguien pueda responder al cariño incondicional, la fidelidad y la nobleza de estos animales con indiferencia y abandono o peor aún, causándoles daño intencionadamente.

Lamentablemente son muchos los animales abandonados  que están esperando la oportunidad de tener una familia a la que dar todo su amor. Por favor, no compréis mascotas: adoptadlas.